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Bases

La seguridad emocional
o el saberse considerado y escuchado

Cuando las necesidades básicas del niño son atendidas por los adultos, el niño tiene garantizada su supervivencia y su seguridad.

Podemos definir clima emocional como el ambiente en el cual el niño manifiesta sus necesidades y donde éstas son atendidas, es decir, como el ambiente en el que el niño se manifiesta y es atendido. Por otro lado, la seguridad afectiva será el grado de certeza por parte del niño de que sus necesidades son conocidas, reconocidas y atendidas en forma básicamente placentera.

La seguridad emocional se basa en las dos anteriores, y es la posibilidad de vivir con placer el vínculo que los une a los demás, especialmente en la relación a los procesos de expresión y satisfacción de sus necesidades y deseos. Un desarrollo afectivo óptimo, una seguridad emocional apropiada y ajustada, se convierten en impulsores primordiales del desarrollo en todas sus áreas, pero muy especialmente en el área lingüística.

¿Cómo podemos sentar las bases de una seguridad emocional adecuada?
Lo más importante es dar al niño-a un trato respetuoso, en el cual:
– Se le considere como persona.
– Se demuestre interés por lo que dice o hace, no solamente por si esto está bien o mal.

De esta manera:

– No le ayudaremos simplemente (en muchos casos le sobresaltamos, abordándole por ejemplo por la espalda para sentarle correctamente, sin avisar), sino que le pediremos permiso para hacerlo, en cosas como: Limpiarle los mocos, lavarle las manos,… No es un objeto, es su cuerpo. No debemos realizar estas acciones sin tener en cuenta al niño, como si de limpiar las hojas a un ficus se tratara.

– Le miraremos a los ojos al hablarle, si es necesario agachándonos para situarnos a su altura.

– Le hablaremos con respeto, sin chillar, aunque estemos reprochándole algo que ha hecho mal. Es importante mantener una intensidad de voz adecuada, reservando la más elevada solamente para cuando, por ejemplo, el niño corre peligro y necesitamos que su actividad cese inmediatamente.

– Siempre que al niño le sea agradable, favoreceremos el contacto físico: abrazos, sentar al niño en nuestro regazo. Hay niños a quienes no les gusta dar besos o sentirse sentado sobre alguien. Siempre será importante respetar estas preferencias con naturalidad y sin reproches.

– No etiquetaremos al niño. Utilizaremos el verbo “estar”, no el verbo “ser”. (Alberto está hoy un poco pasota… no ES pasota. La diferencia es y está clara.).

– Valorar y respetar sus propuestas e iniciativas (no hacer solamente como que les escuchamos, sin que tengan ningún peso en nuestra decisión final), dar importancia a lo que cuentan, y respetar que a veces ellos no secunden nuestras propuestas, sin reproches.

– Dar importancia a sus logros.

– Comunicar nuestros propios sentimientos, necesidades y propuestas con honestidad.

– Enfrentarnos de forma responsable a nuestras propias emociones. Estar con un niño que llora o rabia puede provocar sentimientos en los adultos (enfado, impaciencia, incomodidad, ansiedad, impotencia). Debemos ser capaces de controlar estas sensaciones y reaccionar de forma adecuada.

Agradezco la colaboración en la elaboración de este apartado a las educadoras y educadores de las Casas de Niños de:
Fresnedillas de la Oliva, Zarzalejo y Robledo de Chavela, en Madrid

En construcción

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